lunes, 28 de mayo de 2012

"Semana Trágica", luchas obreras y represión en Argentina (1919)

Elaborado por el Grupo de Investigación Periodística compuesto por Carolina Uribe, Horacio Silva (Iconoclasta) y Daniel Gutiérrez (Visceral) y publicado en setiembre de 2006 en La Hidra de Mil Cabezas de Mendoza.

GUIÓN Nº 24: PRIMERA INSURRECCION OBRERA EN ARGENTINA:

LA LLAMADA “SEMANA TRAGICA” (1919)



[BLOQUE I]
Obreros, a luchar; a la revolución. Con decisión, a conquistar nuestra emancipación “Oh, histriónico cretino Oh, satánico bribón, los clarines tocan notas de vibrantes clamoreos, preanunciando los derrumbes de tu casta y tu sistema Y ni leyes, ni poderes ni las fuerzas equipadas podrán nunca detener la avasallante acometida de la próxima revuelta proletaria que fermenta en muchos pechos ya cercana a reventar. Barricadas a millares se alzaran por esas calles, y a la música infernal de los fusiles, y a la voz alentadora de la brava dinamita reventando en arsenales, en palacios y en conventos y doquiera y fuerza viva defendiendo el tambaleante simbolismo gubernal Verás rostros encendidos, verás testas desgreñadas, verás ropas destrozadas, empapadas en la sangre de su mismo cuerpo herido. Verás puños levantados, verás dientes afilados, verás ojos llenos de odio escrutando tu forteza, para ver si tu carroña aún resiste a los embates de la furia popular Para ti no habrá perdón, para ti no habrá piedad, tus infames fechorías no se borran, no se olvidan ni se dejan de saldar Mefistófeles infame, traficante de conciencias obreriles, inservil, degenerado, libertino, licencioso, disoluto, pervertido, buhonero miserable sin conciencia y sin pudor, vil chupóptero insaciable de la sangre dulce y pura de este pueblo laborioso Vil criatura indecorosa, que no vales lo que vale el defecado de un obrero. Hombre triste, hombre malo hombre inútil, hombre inmundo, pernicioso, testaferro, larva fétida y biliosa. yo te lanzo la blasfemia de este siglo, yo compárate al infame papa negro de la Rusia, yo te aplasto con la carga miserable de otro nombre, yo te llamo, tenlo en cuenta, con el nombre más inmundo yo te llamo Rasputín…”.[i]
De esta manera los anarquistas apostrofaban a Hipólito Yrigoyen, que fue, durante el período que abarcó su gobierno, el cómplice objetivo de la represión policial, militar y paramilitar que produjo las peores masacres sufridas por el movimiento obrero.
Los 26 muertos, los más de cien heridos y las 138 huelgas que se producen en 1917, que aumentarían a 196 en 1918, definirán, claramente de qué lado estaban los radicales y su caudillo.
         La huelga general que tuvo como protagonista al conjunto del proletariado en enero de 1919 es uno de los acontecimientos más importantes de la historia social argentina del siglo XX. Durante estos sucesos que se conocen, a través de la prensa de la oligarquía, como la “Semana Trágica” hubo una voluntad que intentó hundirse como un puñal en las entrañas de esa sociedad burguesa para arrancarlas de raíz. Entrañas que eran, ayer como hoy, la explotación y sus sostenedores. Pero la misma convicción que esperanzaba a los obreros llenaba de miedo a la clase dominante. El pánico cundió entre ellos ante la posibilidad de perder sus privilegios, y desató una de las represiones más feroces e impunes, aniquilando indiscriminadamente a cientos de personas.
En las postrimerías del siglo XIX, la población del país sufría los efectos del desarrollo de un capitalismo embrionario, incipiente. A la burguesía terrateniente se le hacía imprescindible poblar el país, para generar las condiciones que hicieran posible la explotación. Vio entonces en las masas que los Estados europeos abandonaban y condenaban al hambre y a la miseria, la mano de obra barata que les permitiría concretarla. Iniciando una política de inmigración logran, entre los años 1880 y 1924, introducir al país más de cinco millones y medio de personas. Pero estos trabajadores, como veremos, además de su fuerza de trabajo, traían cerebro, y en él, ideales de libertad e igualdad que ninguna aduana pudo confiscar ni detener. Alentados por una minoría de trabajadores, entre los que se destacó el anarquista italiano Errico Malatesta, y como reflejo de sus experiencias vividas en las luchas obreras en el “viejo mundo”, comenzaron a intensificarse las tensiones sociales que se habían insinuado ya en las décadas del ‘80 y del ‘90, las cuales posibilitarían finalmente la concreción de una organización gremial que pudiera enfrentar a la autoridad del hambre.
El 25 de mayo de 1901 nace la Federación Obrera Regional Argentina, la FORA, organización sobre la que hacían pie las ideas de libertad e igualdad, y cuya objetivo fue la Revolución Social, planteando que “no veía en el sindicalismo en sí otra cosa de lo que en realidad puede ser un medio (...) una modalidad de organización sistemática impuesta por necesidades materiales(...) que deberá desaparecer paralelamente con la causa que le dio vida: el presente económico y social”. La FORA se mostró sin tapujos como la organización anarquista del país, e insistió sin tregua y sin pausa con su finalidad que era el Comunismo Anárquico, al que adhiere a partir de su Quinto Congreso en 1905, y que la diferenciaría de las demás organizaciones sindicalistas, incluyendo a las revolucionarias o anarcosindicalistas. Juan Lazarte, anarquista y de oficio escritor, dirá en 1933: “No hay crimen que no se haya cometido con el movimiento obrero, no hay pena que no se le haya infligido ni infamia con que no cargara sobre su desarrollo (...) Sobre los militantes de la FORA pesan más de medio millón de años de presidio, más de 5.000 muertos, decenas de miles de allanamientos, devastaciones, incendio de centenares de bibliotecas obreras (...) y otros hechos que caracterizarán la ética de la civilización burguesa”.[ii]
El triunfo de la revolución contra el zarismo en Rusia, en octubre de 1917, provoca una gran conmoción en el ambiente de los trabajadores. Se suman a este hecho los movimientos revolucionarios de Alemania, Italia y España, lo que produce una ola de esperanza en el proletariado de todo el mundo. Tanto 1917 como 1918 fueron años de mucha agitación para los trabajadores en la Argentina. En Buenos Aires, en Córdoba y en otras ciudades del país hubo huelgas prolongadas a través de las cuales los obreros lograron imponer sus reclamos a los sectores patronales. En las organizaciones sindicales aparecían dos líneas bien definidas, por un lado la FORA del Quinto Congreso, conocida así a partir del 2 de mayo de 1915, que mantenía como finalidad el comunismo anárquico, impulsando la huelga revolucionaria, siendo sus métodos de lucha  la huelga, el boicot y el sabotaje. Del otro lado estaba la FORA del Noveno Congreso, de tendencia sindicalista que propiciaba la neutralidad del sindicalismo, argumentando que cualquier definición ideológica era un obstáculo para la unidad de la clase trabajadora, mientras aceptaba la intervención del Estado como mediador en los conflictos, acción en la cual terminaba su “neutralidad ideológica”. La FORA del Noveno derivará, años después, en la creación de la Unión Sindical Argentina, para terminar, en la década del ’30, transformándose en la actual CGT.
En este contexto histórico y social dio comienzo una huelga general sangrienta, que provocó el primer alzamiento insurreccional de los trabajadores de esta región.
[BLOQUE II] En la mañana del 2 de diciembre de 1918, patrocinada por la anarquista Sociedad de Resistencia “Metalúrgicos Unidos”, estalló la huelga en la Casa Vasena, a la cual se plegó el personal del lavadero de lanas, propiedad de la misma firma. La Compañía Argentina de Hierros y Aceros Pedro Vasena e Hijos poseía grandes depósitos en el barrio de Nueva Pompeya, y sus talleres de producción estaban en la calle Cochabamba al 3000.
Los obreros reclamaban la reducción de la jornada laboral de once a ocho horas, aumento escalonado de los salarios, vigencia del descanso dominical y el cese de persecución a los militantes de su organización. Los principales referentes de los trabajadores eran Juan Zapetini y el secretario de la comisión de huelga, Mario Boratto. Su hija Clorinda recordaba cómo intentaron sobornar a su padre para que traicionara a sus compañeros: “De Vasena lo llamaron y le daban, no sé si 5.000 pesos en aquel tiempo; y dice que le daban eso y una casa, que ellos le iban a pasar para que nos mantenga a nosotros. Ellos lo llamaron a él para ver si llegaban a un acuerdo. Mi papá dijo que no, de ninguna manera. Que él era un obrero, y que tenía cuatro hijos que tenían que ir con la cabeza levantada”.
        Ante la negativa de Boratto a entregar la huelga, Vasena no dudó en emplear métodos más “persuasivos” para lograr sus objetivos. Raúl Boratto, su nieto, relató: “La cabeza de mi abuelo tenía precio, por parte de Vasena. Al que lo matara a mi abuelo le daba 5.000 pesos, Vasena. Y según una tía mía que todavía vive, que tiene 93 años, a él lo habían rodeado para matarlo. Mi abuela iba con mi papá de la mano, la hermana más chica en brazos, y un revólver acá para defenderlo a mi abuelo” y Clorinda agregará: “Mi papá estaba parado así, frente al mostrador, y los tipos ahí. Y mi vieja iba con la nena chiquita en el brazo y el revólver acá... y si le hacen algo, alguno también va a caer también, ¿no?...”.
Vasena rechazó tajantemente el pliego con los reclamos de los trabajadores y contrató crumiros, conocidos hoy como “carneros”, para quebrar la huelga.
La Asociación Nacional del Trabajo... ajeno, dirán los obreros, estaba integrada por todo el empresariado y era la encargada de proveer matones y rompehuelgas a las empresas en conflicto. Este organismo era apoyado por la Iglesia Católica que en 1892 había creado los primeros Círculos Obreros Católicos, cuyo fundador fue el padre Grotte. El obispo Miguel Angel D’Andrea sería, a partir de 1912, la cara visible de la Iglesia en defensa de los intereses patronales. Una nota publicada el 9 de enero en La Razón relata que la Asociación Nacional del Trabajo: “ha resuelto intervenir en actitud conciliatoria en el conflicto de Vasena y a esos efectos, los Sres.  Christophersen, Macadam, Dell’Oro y Mogay concurrieron a la casa de Vasena y ofrecieron sus buenos oficios, en momentos en que el establecimiento era apedreado por los huelguistas. Hasta la 1pm. todos los señores nombrados seguían en los escritorios sin poder salir y reclamando la presencia de la policía”.
En esa época, Pedro Fiano era portero de la escuela “La Banderita”, que quedaba cerca de los depósitos de Pompeya, y desde donde se disparó a los trabajadores. Roberto Fiano, su hijo, dirá: “El viejo Vasena, según me contaba, cuando descubría entre el grupo de gente que laburaba a alguno que era comunista o socialista, con la gente de seguridad que eran policías retirados, vio, malandras que andaban por ahí, los llevaba a la oficina a los que sindicaban que eran comunistas, los hacía besar la bandera, les decía: “besá la bandera, hijo de puta...”.
Durante el mes de diciembre, al prolongarse la huelga, era inevitable que se produjeran enfrentamientos entre los crumiros —custodiados por la policía— y los huelguistas, resultando varios de estos últimos con heridas de bala. Mientras el conflicto de los metalúrgicos continuaba, la solidaridad de los otros gremios y los pequeños comerciantes del barrio seguía en marcha, y crecía día a día.
En los primeros días de enero, los obreros deciden levantar una barricada en la esquina de Alcorta y Pepirí. Lidia Fiano, hija menor de Pedro Fiano, cuenta: “Los huelguistas, ayudados por una mujer del barrio, llamada ‘La Marinera’, levantaron una barricada desde la vereda de la escuela hasta la vereda de enfrente, para impedir que las chatas que llevaban la mercadería, tuvieran paso libre; tanto para entrar, como para salir”.
El viernes 3 de enero se producen dos enfrentamientos; uno de ellos, muy importante. A las cinco de la tarde, un grupo de obreros quiso detener un convoy de seis o siete chatas con materiales, custodiadas por varios soldados.
Esta vez el tiroteo fue nutrido; hubo muchos heridos, y se registró por primera vez la muerte de un policía: el cabo Chaves, siendo quizá este hecho el preludio de lo que sucedería en los días posteriores.
El martes 7 de enero de 1919 fue un día agobiante; el termómetro marcará, a las 14 horas, casi 36º. A pesar del sofocante calor, en la barriada de Nueva Pompeya se verificaba una inusual actividad: efectivos del cuerpo de Bomberos y personal de la comisaría 34ª ocupaban desde temprano posiciones estratégicas en la escuela “La Banderita” y en la fábrica textil de Alfredo Bozalla. Un piquete obrero se disponía a interceptar una vez más las chatas de la empresa, conducidas por crumiros.
Un insulto a los carneros, el arrogante gesto policial de amartillar las armas, un palo blandido por una mujer del pueblo, un piedrazo que surcó la avenida Alcorta; la chata se detuvo y sus guardianes se cubrieron detrás del vehículo. Y apenas sonó el primer tiro, se inició un verdadero pandemonium: como obedeciendo a una señal bomberos, policías y esquiroles comenzaron a hacer un nutrido fuego de fusilería, desde el edificio de la escuela, la fábrica de Bozalla, y otras áreas menores de tiro, ametrallando prolija y sistemáticamente las viviendas obreras y los pequeños comercios que tenían frente a sí.
El terror se apoderó del barrio. En medio de la mayor confusión, todos —huelguistas, vecinos, mujeres, pibes—, corrían hacia cualquier parte, desesperados por escapar de esa gigantesca vorágine de plomo y pólvora, que se abatía sin piedad sobre quien no atinara a buscar refugio.
Hacia las cinco y media de la tarde, cuando cesaron las últimas descargas, con el humo producido por la ignición de la pólvora flotando todavía en el aire, los aún aturdidos vecinos salieron a la vereda para encontrarse con un cuadro dantesco: toda la cuadra de Alcorta al 3400 —donde estaba el local de la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos— fue literalmente acribillada a balazos. La densidad del fuego fue tal, que hasta las dos únicas bombitas de luz, que alumbraban la peluquería de don José del Cármine, fueron alcanzadas por los tiros.
La cantidad de víctimas de la masacre será de cuatro muertos y más de 36 heridos. Al recolector de basura Toribio Barrios, de 50 años, lo mató a sablazos en la cabeza un agente del escuadrón desde su caballo; a Santiago Gómez, una bala de Máuser le impactó en el cráneo mientras intentaba cubrirse detrás de una puerta cancel; en el patio de su casa, el joven Juan Fiorini, recibió un proyectil que le atravesó el pecho, mientras tomaba mate con su madre. Y Eduardo Basualdo, de 50 años, morirá al día siguiente en el hospital a causa de las heridas recibidas.
La conmoción por el salvajismo de este verdadero atentado terrorista se extendió velozmente por la ciudad, impulsada por los adherentes de la FORA del Quinto Congreso, que declaró de inmediato la huelga general por tiempo indeterminado, en repudio al bárbaro crimen.
De esta manera comenzaba la más importante insurrección obrera que haya conocido la historia argentina, por su extensión y profundidad: la “Semana de Enero de 1919”
[BLOQUE III] La respuesta popular a la convocatoria de la FORA del Quinto Congreso a la huelga general fue unánime e inmediata, hasta el punto de extenderse a los sindicatos de la FORA “novenaria”; de esta manera, los afiliados de los gremios de zapateros, tabacaleros, curtidores, toneleros y otros abandonaron el trabajo sin esperar la orden de sus vacilantes líderes.
El Consejo Federal de la FORA “camaleónica” —como les llamaban despectivamente los obreros anarquistas— en su declaración del día 8 de enero, decía que dicha organización “expresa su entusiasta solidaridad con los valientes huelguistas de aquella casa metalúrgica y su intensa protesta por el proceder de las fuerzas del estado...”[iii]. El texto estaba firmado por su secretario general, Sebastián Marotta... de la convocatoria a la huelga general... ni noticias.
Por su parte. la FORA del Quinto convocaba a las sociedades obreras del interior del país a “mantenerse en contacto”.
Vicente Francomano, obrero y militante anarquista que participó activamente de la huelga, relató: “Ya habíamos comenzado en el trabajo a hacer efectiva la jornada. En eso, vienen delegados de la FORA, de la Local Bonaerense, informando a los talleres la declaración de la huelga general, por el motivo que era. Era una casa que éramos como cien obreros, y era un barrio completamente obrero, Villa Crespo, donde estábamos instalados. Entonces empieza a repartirse por grupos visitando las grandes fábricas, curtiembres, fábricas de cajones, talleristas, y así llegamos en manifestación al local de la FORA. En el transcurso que se iba ahí se paraban los tranvías, se le cortaba la soga de los troles para que no caminaran; en fin, un hecho de rebeldía”[iv].
Durante todo el día una multitud silenciosa desfiló por el local de los metalúrgicos. Es de imaginarse la honda impresión que debió causar a la gran cantidad de gente que pasó por allí, después de atravesar la puerta despedazada a tiros, encontrarse con una sala cuyas paredes estaban completamente cubiertas de agujeros de bala; y en cuyo centro se hallaban los cadáveres ensangrentados de Gómez, Barrios y Basualdo, rodeados de obreros de rostros lívidos y puños apretados, todos sumergidos en un ambiente cargado de tensión, donde sólo el silencio podía expresar la ira contenida mejor que los gritos y las imprecaciones.
El 9 de enero, día fijado para el entierro de las víctimas, Buenos Aires estaba casi completamente paralizada; desde temprano los piquetes de huelguistas recorrían las calles cerrando los comercios y deteniendo los tranvías que aún no se habían plegado a la medida de fuerza. Cerca de la una de la tarde, un monumental cortejo fúnebre —calculado en unas doscientas mil personas— partió desde Pompeya llevando los féretros a pulso, encabezado por un grupo de autodefensa armado con revólveres. Desde mucho antes la muchedumbre se había ubicado en las esquinas, a la espera del paso de la manifestación.
Al pasar por los talleres Vasena, ocurrió la primera agresión a la columna: los matones contratados por Vasena hicieron fuego contra ella desde la azotea. El grueso continuó su marcha hacia la avenida Corrientes, para dirigirse a la Chacarita, mientras que importantes grupos se desprendían e intentaban incendiar las instalaciones embistiendo los portones con carros de basura  convertidos en carrozas de fuego.
La hija de Mario Boratto, Clorinda, recuerda: “Los obreros querían encender la fábrica. Yo en aquel tiempo no sabía; pero ahora, que soy una re-vieja, digo: ¡qué locos que eran! Porque agarraban los carros de basurero, por ejemplo; sacaban los caballos y los ataban en el árbol con las correas. Y agarraban los cosos ésos, los traían, y cuando doblaban, ahí lo encendían y venían con los carros. Yo eso lo veía desde arriba de mi casa; venían con los carros así, y empujaban; ¡y qué iban a empujar, si eso era una chapa que...! Qué iban a empujar...”.
En la intersección de San Juan y 24 de Noviembre es incendiado el auto del jefe de policía, Elpidio González, mientras que en San Juan y Matheu es asaltada y desvalijada una armería; lo mismo pasaría en Boedo y Carlos Calvo.
 Parte de la crónica callejera publicada en un boletín de La Protesta dirá: “El pueblo está para la revolución. Lo ha demostrado ayer al hacer causa común con los huelguistas de los talleres Vasena. El trabajo se paralizó en la ciudad y barrios subterráneos. Ni un solo proletario traicionó la causa de sus hermanos de dolor (...) Por la calle Rivadavia el pueblo marcha armado con revólveres, escopetas y máuseres. En Cochabamba y Rioja fue volcada  una chata cargada de mercadería y repartida ésta entre el pueblo...”.[v]
El barrio de Almagro también fue testigo de aquellas jornadas: en la esquina de Corrientes y Angel Gallardo se cambiaron varios tiros entre los manifestantes y los bomberos, logrando poner en fuga a estos últimos; en Corrientes, entre Yatay y Lambaré, se quemaron completamente dos coches de la compañía Lacroze; un muchacho, creyendo que los primeros tiros provenían desde el convento Jesús Sacramentado, comenzó a tirarle piedras; desde el edificio religioso se abrió fuego, y la multitud furiosa atacó la iglesia, armando una gran pira en la nave central, donde se quemaron imágenes y bancos de madera.
El asustado capellán Usscher escribirá poco después al arzobispo Espinosa: “Con muebles y objetos diversos hicieron una gran fogata en el templo, y dos más en la calle, sin contar la de los tranvías de la esquina, que también fue alimentada largo rato con objetos del colegio e iglesia”[vi]. Hoy todavía puede verse en el centro de la nave unas cerámicas en forma de rombo; es el lugar donde se hizo la pira, que quedó así por no conseguir reponerse las baldosas del piso original.
Reiniciada la marcha, se produjo un nuevo tiroteo al pasar frente a la comisaría 21ª, seis cuadras más adelante.
La columna arribó finalmente a la Chacarita hacia las siete de la tarde. Y en momentos en que hablaba el concejal socialista Antonio Zaccagnini, un pelotón del Regimiento de Granaderos a Caballo —apostado en los altos murallones, desde las cinco de la tarde— abrió fuego contra los asistentes, quienes debieron desbandarse para salvar sus vidas, llegando incluso a esconderse en las fosas recién abiertas.
Vicente Francomano relató así los hechos: “A la tarde es el entierro. Mientras se está preparando el entierro, esperando los féretros que venían del barrio de Boedo, se asaltan armerías, se asaltan comisarías; hay un desconcierto total, tanto en la policía, como en los hechos que hacen los trabajadores. Y además el pueblo en la calle también es descontrolado. Se acercan los féretros, que se llevaban a pulso, hay un gentío enorme. Nosotros, que estábamos esperando en la calle Triunvirato y Río de Janeiro, nos aplicamos en la columna que venía con los féretros. Yo entré en Chacarita. Cuando entra cierta cantidad de gente en Chacarita, cierran los portones y empieza la descarga de fusilería. La gente que estaba en Chacarita estaría con algún revólver, y se sentía un ¡pum!; pero no era de ahí.
Se va del lado contrario de donde vienen las balas, se va hacia los finales de Chacarita que están sobre la calle Warnes, en el Ferrocarril Pacífico que era en aquel entonces, hoy el San Martín; y de ahí se escapa mucha gente. Creo, como ya lo dije en otra oportunidad, que mucha gente quedó durmiendo en la Chacarita”[vii].
Esa noche, mientras se producían disturbios en toda la ciudad, el Ejército —al mando del general Luis Dellepiane— concentraba en Buenos Aires una tropa de 30.000 hombres, incluido un cuerpo de soldados provenientes de Salta. Entre esta jauría de criminales, a los cuales Yrigoyen les soltó el bozal, se tendría que destacar al general Juan Domingo Perón, que en ese entonces era teniente y tenía destino en el Arsenal de Guerra “Esteban de Luca”, ubicado muy cerca de los talleres Vasena. El teniente ya había tenido su bautismo de fuego en 1917: bajo las órdenes del capitán Bartolomé Descalzo habían ocupado en Rosario las playas de tranvías ante la huelga de los obreros, en previsión de supuestos atentados anarquistas. Pero su historial de reprimir a los trabajadores no finalizaría en el ’19, continuaría en la provincia de Santa Fe, persiguiendo y capturando como animales a los obreros de la empresa inglesa “La Forestal”, que estaban en huelga en 1921. Tiempo después iría de custodia en el estribo del auto que conducía al general Uriburu hacia la casa de gobierno, el día del primer golpe militar en la Argentina. Lo mismo haría en la década del ’40 y en el golpe a Illia, para terminar sus días dejando en manos de su amigo y confidente, José López Rega, la banda de asesinos conocida como la Triple “A”, heredera de la Liga Patriótica.
[BLOQUE IV]A pesar de no haber convocado nunca a la huelga general, la FORA sindicalista declaró el nueve de enero que “el Consejo Federal acuerda asumir la conducción del movimiento de la Capital Federal y llamar a una reunión de delegados y secretarios de organizaciones sindicales(...) Las delegaciones se reunirán hoy a las 8 pm en la Secretaría de la FORA, Mejico 2070, donde de acuerdo con la anterior orden del día del Consejo deberá considerar, en primer término, el plazo de la huelga y las aspiraciones del mismo”[viii].
La reunión novenaria elevó su propuesta mediante una carta dirigida al “Estimado señor Jefe de la Policía”, rogándole “se sirva transmitirla al Superior Gobierno de la Nación”.
Esta posición motivó una inmediata réplica de la FORA del Quinto, que en su comunicado del 10 de enero, decía:
Reunido este Consejo con representantes de todas las sociedades federadas y autónomas, resuelve:
Proseguir el movimiento huelguístico como acto de protesta contra los crímenes del Estado consumados en el día de ayer y anteayer.
Fijar un verdadero objetivo al movimiento, el cual es pedir la excarcelación de todos los presos por cuestiones sociales.
Conseguir la libertad de Radowitzky y Barrera, que en estos momentos puede hacerse, ya que Radowitzky es el vengador de los caídos en la masacre de 1909 y sintetiza una aspiración superior.
Desmentir categóricamente las afirmaciones hechas por la titulada F.O.R.A. del IX congreso, que hasta el miércoles a la noche sólo ‘protestó moralmente’, sin ordenar ningún paro. La única que lo hizo fue esta Federación.
En consecuencia, la huelga sigue por tiempo indeterminado. A las iras populares no es posible ponerles plazo; hacerlo es traicionar al pueblo que lucha. Se hace un llamamiento a la acción.
¡Reivindicaos, proletarios! ¡Viva la huelga general revolucionaria!
El Consejo Federal[ix]
La policía, completamente desbordada por los acontecimientos, se replegó en las comisarías dominada por el terror; a tal punto que, como relató uno de los represores, el comisario Romariz, llegó a tirotearse entre sí en el interior del Departamento Central de Policía, dejando un saldo de quince heridos, al creer que una columna huelguista efectuaba un ataque armado.[x]
Respecto de estos acontecimientos la FORA del Noveno emitió un comunicado, dirigido al jefe de policía, Elpidio González, con fecha 11 de enero en donde sostiene que: “...el Consejo de la FORA, hace pública declaración de que solo se solidariza con la acción propia de la clase obrera, rechazando toda responsabilidad por actos como el asalto al Correo y al Departamento de Policía, hechos con intervención de elementos extraños, ajenos por completo a la FORA...” y firman Sebastián Marotta, Manuel González Maseda, Juan Cuomo y Pedro Vengut.[xi]
 Si no fueron los novenarios, iba de suyo que la policía debía concentrar la represión sobre los “elementos extraños”, que no podían ser otros que los anarquistas del Quinto Congreso... una acción propia de soplones, ya que mientras los hijos del pueblo se jugaban la vida en la calle, estos “dirigentes” dialogaban y se excusaban como pusilánimes ante la policía...
En 1956 Marotta tergiversó los hechos, tratando de explicar la actitud policíaca de los “novenarios”; en su libro El movimiento sindical argentino, falsificó su propio documento expresando que el Consejo Federal sólo se solidarizaba  con los actos propios de la clase obrera, rechazando toda responsabilidad con el supuesto asalto al Correo y al Departamento de Policía, ajeno a los propósitos de protesta que persigue la clase obrera”. Lo que en el 19 eran asaltos concretos, treinta años después pasaban por arte de magia a ser sólo “un supuesto asalto”...
Si bien ese ataque nunca ocurrió, sí es verdad que las calles habían quedado en poder de los obreros, quienes dispusieron que los únicos vehículos autorizados para circular debían estar identificados con la sigla de la FORA pintada en una bandera roja. Los canillitas, por resolución de su sindicato, voceaban solamente los dos periódicos obreros más importantes de la época: La Protesta y La Vanguardia.
El movimiento cobró fuerza en el interior del país, principalmente en las ciudades de Córdoba, Mar del Plata y Rosario, y en innumerables localidades de provincia, como lo prueban los telegramas que llovían sobre el ministro del Interior yrigoyenista pidiéndole más tropas para reprimir.
En esos momentos en que las fuerzas represivas del Estado se hallaban en la incertidumbre, irrumpió en las calles un grupo de civiles —todos miembros de familias “cajetillas”— armados y organizados en el Centro Naval por el almirante Domeq García, monseñor D’Andrea y el vicario general de la Armada, monseñor Piaggio. Su misión principal consistió en atacar huelguistas y miembros de la comunidad judía: eran los “Defensores del Orden” o “Guardia Blanca”, nombre que cambiaron a los pocos días por el de “Liga Patriótica Argentina”. Fue este grupo el que incendió la imprenta del diario anarquista La Protesta.
En Junín y Corrientes, Monseñor Napal, arengó a los grupos antisemitas diciendo: “Los judios son los únicos culpables de la escasez, son sanguijuelas, expulsados de todos los países...”. Los “rusos”, así llamados por esta horda de fascistas, eran atormentados con saña feroz por los polizontes, y no pocos fueron ultimados a palos y bayonetazos. Se puede afirmar que estas acciones dieron comienzo a los pogroms en Argentina, y decir que ni un solo judío salió ileso de las garras  policiales y parapoliciales. Estos hechos se produjeron principalmente en los barrios de Once y Villa Crespo.
El enemigo, para los hombres de la Liga, no eran ni el radicalismo ni Yrigoyen, sino quienes predicaban la revolución social, es decir los anarquistas. Muchos radicales integraron la Liga desde sus comienzos, y en un principio el gobierno elogiaba sus acciones en defensa del orden.
El 20 de enero de 1919 se realizó formalmente la reunión constitutiva de la Liga, aunque su accionar represivo comenzó prácticamente con la huelga. La presidencia de la Liga fue ocupada por Domecq García hasta abril de 1919, cuando las brigadas eligieron a Manuel Carlés, quien la conduciría hasta su muerte en 1946. Su Junta Central contó con la colaboración de varios medios de prensa como La Nación, La Prensa y La Fronda, entre otros. Jorge y Luis Mitre, al igual que Francisco Uriburu, serán miembros activos de la Junta; la Iglesia Católica también tuvo su lugar, reservado para dos de sus más conspicuos representantes, Monseñor D’Andrea y el Vicario General de la Armada Argentina, Monseñor Piaggio.[xii]
Pero la Junta Central provisoria contó con apellidos que aún hoy pueden encontrarse en nombres de calles, localidades y monumentos, tales como Joaquín Anchorena, Dardo Rocha, Pastor Pueyrredón, Estanislao Cevallos, Luis Agote, Federico Leloir, Carlos Ibarguren, Felipe Yofré, Angel Gallardo... sin olvidar a las Señoras, cuya Comisión Directiva de apoyo a la Liga era un espejo de la clase alta porteña. Su presidenta llevaba un doble apellido de nefasto recuerdo para los trabajadores: doña Julia Elena Acevedo de Martínez de Hoz.[xiii]
En el Quinto Congreso de la Liga Patriótica, en 1920, Carlés dejó bien clara la metodología a utilizarse, afirmando: “...es necesario vigilar al enemigo del orden público con el dedo en el gatillo, hasta que se convenza que la intimidación y la violencia es el peor camino para conseguir nada entre nosotros”.
Con el paso de los días y la militarización de la ciudad el movimiento huelguístico comenzó a debilitarse. La FORA “novenaria”  a través de un comunicado del 11 de enero resolvió “...dar por terminado el movimiento recomendando a todos los huelguistas de inmediato la vuelta al trabajo (...) dando la prueba elocuente de que el proletariado organizado sabe cumplir sus compromisos y tiene el derecho a reclamar que sean cumplidos”[xiv]haciendo referencia a su acuerdo con el gobierno, que al igual que la CGT actual, cuando no traicionó, arrastró la dignidad de los trabajadores a los pies de los gobernantes, sus ministros, los militares y jefes de policía., sin importarles el asesinato de cientos de compañeros en esos días.
Poco a poco la cacería de anarquistas y todo lo que estuviera relacionado con ellos fue ganando las calles. Al mismo tiempo la FORA del Quinto ratificaba la huelga y hacia esfuerzos inauditos por prolongar la lucha; lo que concentró sobre ellos todo el peso de la represión hasta que, finalmente, tuvieron que dar la huelga por terminada, debiendo pasar a la clandestinidad.
El 17 de enero los últimos sectores volvieron al trabajo. La huelga fue ganada por los obreros metalúrgicos y su recalcitrante patrón, Pedro Vasena, tuvo que aceptar totalmente el pliego de condiciones presentado al comienzo del conflicto...
Una resolución policial del 4 de mayo, prohibió la prensa anarquista.
Algunas fuentes sostienen que en el transcurso del movimiento fueron asesinadas entre 700 y 2.000 personas, heridas más de 4.000, y detenidas unas 55.000 en todo el país. La isla Martín García fue la antesala de la deportación para los extranjeros, mientras que los argentinos  fueron a dar con sus huesos al penal de Ushuaia.
Nunca pudo ni podrá saberse con certeza el número exacto de trabajadores muertos, ya que la bancada radical en el Congreso, aliada a los conservadores, obstaculizó toda investigación sobre la represión. La misma actitud tendría en 1921 con las masacres de La Forestal y de la Patagonia; y décadas más tarde, alzarían las manos para amnistiar, con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, a los genocidas del ’76.
Sin embargo, no sólo los radicales han intentado borrar de la memoria de los trabajadores sus crímenes de Estado; el teniente general Perón, co-autor material de los mismos, protagonizará el primero de mayo de 1948 un acto organizado por la cegetista Unión Obrera Metalúrgica, en el lugar donde se levantaban los talleres Vasena, y que hoy ocupa la plaza “Martín Fierro”.
En el mismo, aquel represor de los huelguistas descubrirá una placa dedicada a “los compañeros muertos por la causa obrera”, y confirmará las acusaciones que lo denunciaban como verdugo de los trabajadores, diciendo que “yo era teniente y estaba en el Arsenal de Guerra; hice guardia acá precisamente al día siguiente de los sucesos”.
Y en el colmo del cinismo, llegó a afirmar que “es un honor para los metalúrgicos de hoy recordar a sus propios muertos, y ese recuerdo he querido compartir”[xv].
Consecuentemente, ni los radicales ni los peronistas se acusaron jamás mutuamente de esas masacres; entre ellos se respetó siempre un pacto de silencio que aseguró la impunidad de sus caudillos, similar a la ley de la omertá practicada por la mafia siciliana.
A pesar de la brutal represión que significó asesinatos, torturas, cárceles y deportaciones, y en virtud a su posición intransigente ante el Estado y sus representantes, la FORA del Quinto Congreso se vio fortalecida con la incorporación a sus filas de miles de trabajadores. Prueba de ello es la cantidad de huelgas realizadas durante 1919, que ascendió a 367, siendo la mayor en la historia del movimiento obrero. El único parlamento que reconocía eran los trabajadores en las calles, y sus únicas “leyes” eran las que emanaban de las asambleas obreras. Su prédica fue la misma cuando contaba con 40.000 afiliados, que cuando llegó a contener a más de medio millón de trabajadores después de 1920. Nunca se detuvo: fomentó el internacionalismo y el antimilitarismo, luchando por la igualdad de los derechos de hombres y mujeres, en la construcción de un mundo mejor. Esta construcción  no fue derrotada en el terreno de la confrontación de ideas, sobre la ética y moral de los principios e ideales que sostenían, sino en la sistematización de la represión que los distintos gobiernos ejercieron contra ella.
A sus métodos de lucha, la huelga, el boicot y el sabotaje, hay que acreditarle también su gran aporte cultural, que se plasmó en infinidad de bibliotecas populares esparcidas por todo el país, ateneos, centros recreativos y la creación de escuelas racionalistas. Su prensa necesitaría un capítulo aparte; constituyó su herramienta más eficaz y, por consiguiente, fue la más atacada.
La FORA no estuvo exenta de errores; así como se equivoca el individuo, lo hace también cualquier organización que sólo se nutre de ellos para la toma de decisiones.
Tratar de entender  lo que aquellos hijos e hijas del pueblo pudieron hacer, sin comprender lo que querían hacer, es enfocar la historia social como una cuestión meramente numérica, de sumar y restar datos. Los Anarquistas estuvieron en ese momento, como lo están ahora, predispuestos a destruir al Estado; y la oportunidad creyó darse, durante los episodios que la memoria popular recuerda como la “Semana de Enero”.
La presente investigación no se propone registrar estos acontecimientos como una experiencia puramente testimonial, como lo hacen algunos historiadores —“desinformados” o no—, que insisten con curiosa vehemencia en practicarle la autopsia al pensamiento anarquista como si fuera un cadáver insepulto, y presentarlo como una bella utopía del pasado, que hoy ya no tendría vigencia.
Por el contrario, aquellos ideales reviven hoy en miles de nuevas voluntades, que en un reto frontal le presentan batalla a la estructura del poder vigente, proporcionando herramientas teóricas y opciones prácticas, para quienes con fundadas razones rechazan la “fiesta” de la globalización, el “fin de la historia” y el pensamiento único.
La lucha por la libertad, inherente a la naturaleza humana, es y será alentada por los ideales igualitarios; y ha costado y seguirá costando un alto tributo de vidas, muchas de ellas nobles y generosas. Al respecto, el anarquista y de oficio escritor Rodolfo González Pacheco escribió:
En el vía crucis del pueblo la huelga no es un alivio, sino una carga; no es un umbral en que echarse, sino un peñasco en que erguirse. Doble trabajo, fatiga doble, sudar por fuera y por dentro: ¡eso es la huelga! (...) ¡Ah, sí! Mientras la vida del que produce sea esclava, la huelga, será siempre más fecunda que el trabajo. (...) Lanzados a propagar la Anarquía, también nosotros somos huelguistas. Huelguistas de los diarios de los amos, de las cátedras patrióticas, de la criminal mentira del Estado. Con vosotros y entre vosotros, para subir a la luz o caer a la oscuridad (...)[xvi].
Lo que se aspira, lo que se sueña, es tan importante, por lo menos, como lo que se hace. La historia no alza cadáveres ni se nutre únicamente de gestos; perpetúa ideas, alumbra definiciones. Lo que pasa de pueblo en pueblo, de siglo en siglo, no es sólo el cálido oleaje de la sangre de los mártires, sino también el concepto cada vez más alto, cada vez más amplio, de la libertad humana.[xvii]


NOTAS

[i] Voz de Héctor Alterio, en el disco Anarquistas
[ii] Prólogo a la obra de Diego Abad de Santillán: La FORA., ideología y trayectoria. Proyección, Buenos Ares, 1971
[iii] La Vanguardia, 9/1/19
[iv] Entrevista realizada por Leonardo Fernández para su film documental Anarquistas I - Hijos del Pueblo
[v] Citado por Diego Abad de Santillán, op. cit.
[vi] Carta del 23/1/19. Citada por la Hna. Juana J. Vigay en: Historia del Templo Jesús Sacramentado.
[vii] Entrevista realizada por Leonardo Fernández para su film documental Anarquistas I - Hijos del Pueblo
[viii] La Vanguardia, 10/1/19
[ix] Citado por Diego Abad de Santillán, op. cit.
[x] José R. Romariz, La Semana Trágica, Hemisferio, Buenos Aires, 1952.
[xi] El manuscrito original se conserva en el Archivo General de la Nación, legajo Huelgas varias – año 1919 – Series históricas II
[xii] La Nación, 21/01/19, Pág. 7
[xiii] La Nación, 2/2/19, Pág. 9
[xiv] La Vanguardia, 12/1/19
[xv] El laborista, 2/5/48
[xvi]¡Viva la huelga!” en: Carteles II, Americalee, Buenos Aires, 1956
[xvii] Fragmento de un artículo publicado en La Antorcha, Nº 88. En: Carteles I, Americalee, Buenos Aires, 1956
 

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